Cuando una pareja toma la decisión de separarse, la mayor parte de las áreas de la vida de esa familia van a verse afectadas. El trabajo, las relaciones sociales, el colegio, las emociones, ...Todo se ve alterado.
Las consecuencias psicológicas que pueden llegar a manifestarse, tanto en los adultos como en los hijos, estarán en función de diversos factores, como pueden ser la edad, la forma de llevarse a cabo la separación, la calidad de las relaciones anteriores y posteriores a la separación, la personalidad ...
Si la pareja opta por la vía contenciosa, se iniciará un largo proceso de lucha y rivalidad, que además de alargarse innecesariamente en el tiempo, va a afectar de forma significativa a todos, en especial a los hijos. Las disputas, la falta de posturas dialogantes, y la espera de una sentencia que no será del gusto de todos, generarán unas secuelas que antes o más tarde se pondrán de manifiesto.
Los niños y los jóvenes son seres en proceso de desarrollo que encuentran en su núcleo familiar la protección y la seguridad que necesitan para su equilibrio emocional y su maduración como personas. De repente, éste ámbito de seguridad se ve roto y si no se estructura la nueva situación con cuidado, los hijos pueden quedar emocionalmente desprotegidos.
Si la separación ha tenido lugar durante este verano, urge que todo se "normalice" antes de comenzar el nuevo año académico. Los hijos deben saber cómo van a funcionar durante el curso: quién le llevará al colegio, quién le recogerá, quién le ayudará con los deberes, cómo se organizarán los fines de semana y las vacaciones... Deberemos insistirle en que todo lo referente a su vida académica es de máxima importancia para los dos progenitores y por ello, ambos estarán en contacto con los profesores, acudirán juntos a las reuniones y les encantará estar informados de sus deberes, avances y novedades. El rendimiento académico después de un proceso de separación puede verse afectado y son los adultos quienes deben adoptar todas las medidas preventivas para evitarlo.