Una de las charlas, organizadas por la Asociación de Padres del Colegio San Vicente de Paúl, tuvo por título "Etapas de la educación: del nacimiento a la adolescencia". Con ella, pretendimos aportar datos de interés teórico y práctico para todas las familias del colegio inmersas en su tarea educativa. En las siguientes líneas ofrecemos un resumen de algunos aspectos que fueron tratados.
Si los nueve meses de embarazo son fundamentales para la configuración física del niño, a partir del momento del parto comienzan a adquirirse los rasgos psicológicos que irán moldeando el carácter del niño, gracias a las experiencias de aprendizaje que disfrutará en su interacción con el medio. Desde el punto de vista motor, durante el primer año, el niño pasa de ser el animal más desvalido sobre la Tierra, necesitado absolutamente de todo tipo de cuidados, a andar de forma autónoma. En este primer año, es fundamental el movimiento, ya que todo se expresa y se aprende a través de éste. Sus comportamientos afectivos, intelectuales y motores están íntimamente relacionados. Por ello, el movimiento a través del juego debe ser permitido y fomentado. Al final del primer año, el niño trata de realizar una misma conducta con variaciones, observando atentamente las consecuencias y poniendo a prueba la paciencia de los padres. También en esta época aparecen, gracias a la imitación, las primeras palabras. La riqueza y calidad de su vocabulario dependerá en gran medida de los modelos que su entorno le ofrezca. Establecer buenos hábitos de sueño y alimentación, así como estimular al niño a nivel motor y sensorial, y establecer fuertes vínculos afectivos, serán los objetivos de este primer año.
En su segundo año el niño, además de ser un gran correteador, pasará a ser un gran charlatán. El lenguaje forma parte de su inteligencia y le permitirá expresar sus afectos. Aparece el juego simbólico, que es un juego en el que el niño imita personas y da todo tipo de utilidades a diferentes objetos. Con ello obtiene una gran satisfacción y alegría. Su "Yo" comienza a manifestarse frente al mundo exterior, sorprendiendo con reacciones agresivas o de negación. Sus movimientos se van perfeccionando y aprende a confiar en sus posibilidades. El lenguaje ya le permite comunicarse con sus semejantes y la influencia de modelos adecuados en este aprendizaje es fundamental para ir corrigiendo errores y aprendiendo palabras y expresiones nuevas. El clima afectivo y educativo de la familia le permitirá ir creciendo en autoestima.
La etapa de los tres a los seis años, conforma el periodo preescolar. Es la época en la que el niño entra en contacto con sus iguales, pero todavía su característica principal es el egocentrismo, lo que le va a impedir ponerse en el punto de vista de los demás. Para ellos prima el "yo", "mi", "mío"... Se desenvuelven muy bien a nivel motor, lo que les lleva a ser intrépidos y a cometer muchos desafios. El desarrollo de su lenguaje les ayuda a estructurar su pensamiento y le asegura una comunicación más variada y eficaz con sus compañeros. Aun así, las peleas son frecuentes debido a su egocentrismo y a la incapacidad de organizar planes y poner los medios para lograrlos. Desde el punto de vista educativo, debemos enseñar el valor de la obediencia, crear un mínimo normativo para mejorar la convivencia en el hogar e ir creando hábitos. La serenidad de los padres y el acopio de paciencia serán clave, ya que es una etapa llena de ruido, movimiento, gritos y retos.
La etapa de los seis a los ocho años, se caracteriza por el inicio de la escolaridad obligatoria. El reto académico es la adquisición de la lectura, la escritura y el cálculo, que serán las bases para posteriores aprendizajes. Pueden aparecer las primeras dificultades de aprendizaje. Desde el punto de vista de la socialización aumenta el interés por las relaciones sociales, buscando su sitio dentro del grupo. Son capaces de elaborar reglas en común y respetarlas. No suelen tolerar las trampas y las mentiras. Aparecen los primeros líderes del grupo.
Entre los nueve y doce años, nos encontramos en los finales de la infancia. Los primeros síntomas de la pubertad a parecerán en las chicas entre los once y trece años, mientras que en los chicos, serán evidentes un año o año y medio más tarde. Es una etapa de cierto equilibrio y madurez. Para los padres es un periodo de tranquilidad, ya que están bastante estables y tranquilos, centrados en los estudios, los amigos o el deporte. Los problemas más habituales están relacionados con el rendimiento académico o las peleas con los hermanos. Hacer un seguimiento diario de sus estudios, sentarse con ellos para estudiar, hablar con el tutor, implicarse en su vida académica ... nos pueden dar pistas para ayudarle. Es evidente su avance en seguridad personal, en independencia, pero siguen necesitando de su padres, sobre todo para sentirse queridos, aceptados y reconocidos. Aumenta su capacidad de responsabilidad y de iniciativa personal, por tanto es el momento ideal para comenzar a responsabilizarles de ciertas tareas, sin llegar a exigirle como a un adulto. Los amigos son un elemento esencial en el proceso de socialización en esta edad. Los grupos de amigos son bastante homogéneos en edad y sexo, con normas y líderes establecidos. Es un factor clave en la aceptación de si mismo en la medida que dependiendo del grado de aceptación de los demás hacia uno mismo, se irá elaborando su autoconcepto. Es momento de personalizar la relación entre padres e hijos: ir al cine, de compras , a pasear... un progenitor con uno de los hijos les permitirá hacer de esas actividades momentos enriquecedores muy valiosos en la vida afectiva, fortaleciendo así la propia identidad.
La preadolescencia aparece a partir de los once o doce años. Es una etapa desconcertante para ellos y también para los padres. Suelen estar bastante irritables principalmente con los padres y los profesores. Su cuerpo y su conducta cambia. A los padres les surge un problema respecto a su autoridad: ¿la impongo o abandono?. Valorar diferentes alternativas, dialogar, negociar, pero nunca abdicar. Es el momento en el que se pone a prueba la solidez de los criterios educativos familiares. La educación del adolescente es un reto para los padres. Desde el punto de vista académico todas sus capacidades cognitivas aumentan, pero suele darse el caso de que su rendimiento académico disminuye, por desinterés, distracciones, amores o amigos. La comprensión, el diálogo y la paciencia son las claves para hacer frente a todos estos cambios psicológicos. Su "descubrimiento del Yo", les llevará a aparentar seguridad, a desear distinguirse de los demás, a criticar, a querer ser independientes, a un afán de hacerse valer por encima de todos y de todo. La actitud de los padres, aunque dialogante, deberá también ser clara y firme.
La adolescencia, propiamente dicha, es el periodo evolutivo en torno a los quince y dieciocho años. Surgen las grandes preguntas:¿Quién soy yo?, ¿Cuáles son mis ideales?, ¿Qué voy a hacer en mi futuro?. A muchos les resulta difícil encontrar motivos para estudiar. Se suele dar un conflicto generacional entre padres e hijos Informarse, ponerse en su lugar, hablar con ellos, no bajar las expectativas, identificar señales de alarma, respetar su intimidad, establecer normas apropiadas ... son consejos difíciles de dar ya que deben seguirse en función de la situación, los problemas que surgen y las características de padres, adolescentes e historia familiar. Lo cierto es que el estereotipo de adolescente rebelde no es tan generalizable y que la mayoría están orgullosos de los padres que tienen, les quieren y se sienten queridos. Lo innegable es que el adolescente tiene la tarea de lograr su independencia y los padres, que hasta ahora les han ido marcado el camino, tienen que aprender a separarse físicamente de ellos. Los lazos afectivos creados en las relaciones familiares se mantienen durante toda la vida, siempre que hayan sido construidos sobre una base auténtica de respeto, exigencia, comunicación, comprensión y cariño, mucho cariño.