Si los nueve meses de embarazo han sido vitales para la configuración física del niño, a partir del momento del nacimiento comenzarán a adquirirse los rasgos psicológicos. Aunque todos nacemos con un temperamento que nos predispone genéticamente a actuar con un estilo personal, las relaciones con las personas del entorno y las experiencias de aprendizaje irán configurando nuestro temperamento a lo largo de la vida. La evolución que tendrá lugar le hará pasar de ser el animal más desvalido y desprotegido sobre la Tierra, a ser el más inteligente.
Desde el punto de vista motor, durante este primer año tiene fundamental importancia el movimiento, ya que la conducta del niño se expresa casi exclusivamente a través de éste. Empezamos a hablar de psicomotricidad para referirnos a la estrecha relación que existe en la etapa infantil entre el desarrollo motor, los comportamientos intelectuales y los comportamientos afectivos. A medida que evoluciona su desarrollo motor, aumentan las posibilidades de experimentar y aprender, las manos quedan libres y verán las cosas desde otra perspectiva.
A nivel intelectual, aparecen las primeras conductas inteligentes. Son conductas que tienen un fin, por ejemplo, levantar un cojín para descubrir el juguete que hay debajo. Hacia final del primer año, el niño comienza a realizar las conductas con diferentes variaciones, observa y descubre. Desde su sillita, tira una y otra vez su juguete observando atentamente cómo cae, mientras su madre lo recoge. La única intención de esta conducta es aprender. Aparece la inteligencia práctica y es capaz de tirar del mantel para alcanzar el objeto que hay en el otro extremo.
Exceptuando el tiempo dedicado a cubrir necesidades vitales, el resto se dedica a la actividad lúdica. El juego además de fomentado, debe ser permitido, ya que durante este primer año todo aprendizaje se realizará jugando.
El lenguaje aparece al final del primer año. Antes de hablar, el niño discrimina ruidos y sonidos del entorno y comienza a realizar ruidos con la garganta, ejercitando sonidos vocálicos y consonánticos. Cuando sus músculos están preparados, comienza a imitar palabras. El resultado de este proceso no sólo depende de su maduración neuromotriz, sino del proceso de comunicación del niño con su entorno y los estímulos que reciba.
Los padres tienen dos recursos para educar: la paciencia y el cariño. Los objetivos de esta etapa estarían dirigidos a conseguir hábitos de sueño, alimentación, control del llanto y posibilitar un entorno que estimule su lenguaje, su desarrollo sensorial, motor y afectivo.