El proceso de consumo se inicia desde antes del nacimiento. Las grandes tiendas especializadas en productos infantiles, ofrecen a los futuros padres cualquier accesorio como imprescindible para el bienestar de su hijo. Con la llegada del bebé, el ajuar infantil es espectacular.
Hacia los tres años de edad, llegan los ordenadores infantiles, videojuegos, complementos de alta gama para las muñecas, robots sofisticados, juguetes que necesitan tres horas de montaje y manual de instrucciones para los padres… Todos ellos, dejarán de estar de rabiosa actualidad para la próxima campaña navideña y quedarán apartados en el olvido.
Terminando la educación infantil, llegan los primeros cumpleaños. Ya no es suficiente con un bocadillo, tarta y juegos. Parece que hay que montar la fiesta más original, cueste lo que cueste. Luego llega la Primera Comunión, los preparativos comienzan un año antes, ávidos de superregalos y el viaje a Eurodisney. ¿Para qué desilusionarle haciéndole ver que el presupuesto familiar no alcanza para todo? Los restaurantes de comida rápida regalan juguetes sólo por comprar el menú. Las cajas de cereales, las galletas… traen cartas, pegatinas, pins de regalo. El premio lo reciben únicamente por consumir, ni tan siquiera deben dar las gracias.
Antes de llegar a Secundaria la cadena musical, la televisión, el móvil, la cámara digital, el mp3, el portátil… decoran la habitación. Todo ello para uso y disfrute personal. En el armario desordenado, ropa de marca.
Sumergidos en el consumo vamos cubriendo etapas, haciendo creer al niño que regalarle y comprarle cosas es una obligación del adulto frente a un derecho suyo adquirido. Cuando un niño tiene lo que quiere sólo por el hecho de pedirlo, va perdiendo la capacidad de asombrarse ante las pequeñas cosas de la vida. Permitir que lo tengan todo elimina la posibilidad de educarse en el esfuerzo y la disciplina, aumentado su intolerancia a la frustración.
Las matemáticas y la Lengua son irrelevantes. La calculadora realiza los cálculos y el programa del ordenador corrige la ortografía. La desidia invade la actitud de los adolescentes y la falta de esfuerzo es el denominador común de la mayoría de casos de fracaso escolar. Todavía queda la posibilidad de organizarle un verano divertido y sin “agobiarle” con los estudios, a ver si así, comienza la repetición de curso con más ganas…